Por Rubén Berasategui y Ángel Morales
Fotos: Aitor Antxustegi, Rubén Berasategui y Ángel Morales
Un sábado cualquiera del mes de marzo. Me restan los últimos metros para llegar a Ventas de Orio, terreno de sobra conocido: ¿cuántas veces lo habré subido a lo largo de estos últimos quince años? Imposible llevar la cuenta. Vengo doblado, apenas
muevo el desarrollo, las piernas vienen sin fuerzas y el ritmo, alegre en la primera hora, es pesado y lento ahora. Vamos, que no puedo subir ni medio kilómetro a mi ya de por sí pobre velocidad de ascensión. Sólo he ido hasta el alto de Itziar y vuelta, apenas 90 km con tachuelas que en un viaje de Ángel apenas llegarían a ser catalogadas de 3ª categoría. Estoy en la curva más dura del puerto (14% por unos metros) y ya habrá acabado el sufrimiento. Una pequeña recta al 9% de otros 100 m y luego en carroza hasta casa, pues sólo resta bajar. Os podéis estar preguntando y no sin razón, ¿a éste se le ha ido la cabeza?, ¿a santo de qué viene este rollo? Permitidme que me enrolle un poco más y luego trataremos de buscar un hilo o
nexo de unión con la etapa que hoy os presentamos.
No le soy fiel a la bicicleta, es más, no es el deporte que más practico y, aún y todo, año tras año me embarco en aventuras que cada vez están siendo más duras y difíciles. Y encima no me conformo con acabar: quiero subir los puertos rápido, andar bien, tener sensaciones de suficiencia ante los puertos que número tras número os estamos presentando. Alguien me dijo una vez: “chico…lo quieres todo, y todo no se puede”. Es probable que quien me lo dijo tenga razón, pero esto lo añado yo… “hay que intentarlo, no hay que conformarse”. La bicicleta año tras año se cobra su peaje y me hace pagar esa falta de fidelidad a su manera, que no es otra que descolgándome del pelotón: hoy subiendo Itziar, con calambres y sufrimiento en Ventas de Orio para acabar una etapa de apenas 90 km y 1000 m de desnivel pasando penurias…
Cuando éstas llegan –las penurias, digo-, en esos momentos en que uno está a punto de mandar la bicicleta “a freír gárgaras” e irse a cenar y de copas con los amigos, no me preguntéis por qué, pero siempre me acuerdo de esta etapa. Os cuento. Veníamos de un viaje durísimo, de etapas tan duras como esta o más (media de 140 km y unos 4000 m diarios). Hoy era la etapa doce y amanece un día frío y lluvioso, que nada hace pensar a uno que estamos en pleno agosto. Llevamos varios días seguidos con el mismo panorama. Estoy cansado, y encima sé que a los diez kilómetros voy a estar cansado y mojado. Hoy no quiero hacer la etapa: me quedo durmiendo en el hotel, que falta me hace. Es ahí donde entran los compañeros a echarle a uno un cable. Te insisten, Berritxu especialmente, que casi hasta me puso los botines y consiguió que lo que yo veía como imposible, al final fuera una realidad de la que sentirme orgulloso y que llegara a ser un ejemplo para mí en el futuro. ¿La etapa?, ni la había mirado. El puerto que más ganas tenía de subir era el Pragelpass, porque el “maestro” Mario nos lo había mencionado alguna vez; el resto ni idea ni ganas, que estaba lloviendo y fuera hacía frío.
En estos viajes hay días en que uno amanece así, o que está más bajo. El llano no ayudó a cambiar mi humor: lo hicimos a toda pastilla; eso sí, como dice Berritxu, para “entrar en calor”. ¡Joder, en calor!, casi me descuelgan. Así ando, jurando en arameo, cuando por fin alcanzamos las primeras rampas del Pragelpass. Tras comenzar a subir en el mismo pueblo, el verdadero comienzo del puerto es brutal. Una rampa del 18% te da la bienvenida y a partir de ahí todo parece más sencillo, si bien durante 6 km apenas vamos a bajar del 11% en ningún momento. El frío no impide que tenga que abrirme la chaqueta y el maillot porque doblegar este puerto requiere un esfuerzo tremendo. El ritmo de subida es alto: Berritxu no habla, así que por narices tiene que ser alto. El puerto es precioso, estrecho, verde, una carretera que no sabes bien por dónde va y que traza distintos caminos para salvar la montaña. Si los datos que manejamos son correctos, esto tiene que suavizar y mucho, porque de lo contrario nos iríamos a los 2000 m sin dudarlo, si el puerto mantuviera la media que trae. Así es, paulatinamente la pendiente va decreciendo hasta que el final del puerto es casi llano. De nuevo se oye a Berritxu comentar algo, Ángel con su grabadora y yo disfrutando: ¡quién me lo iba a decir hace apenas unas horas!
Largo descenso y con terreno llano para alcanzar la siguiente población, Rieden. De ahí hasta el comienzo del próximo puerto es un terreno rompe-piernas bordeando inmensos lagos. ¿Y yo me quería perder esto? Impresionante la belleza de algunos lugares por los que transitamos. Así es como nos presentamos en Pfaffikon, dispuestos a afrontar un final de etapa durísimo con tres puertos encadenados. El primero de ellos es Etzel, un puerto corto, pero con una media importante. No es especialmente bonito pues discurre por una ancha carretera, pero las vistas del valle según vas ganando altura son interesantes. Coronado este puerto, entramos en una zona de esas en las que avanzar cuesta horrores. Subes, bajas, llaneas, pero siempre tienes la sensación de que te está costando avanzar; el terreno es incómodo, no en vano estamos subiendo otro puerto, el Ibergeregg. Ahora es cuando uno empieza a notar el esfuerzo del día y coronar este puerto, notablemente más fácil que los anteriores, también se hace duro por el ritmo que traemos y porque el terreno siempre es incómodo. Tras coronar llega la pregunta del millón, ¿y el puerto ese, de nombre impronunciable, qué tal es? No acabo de terminar la frase y me caen unas gotas de agua encima. Como se ponga a llover yo me voy al coche, pues este puerto colofón de etapa se inicia en el mismo punto donde hace ya unas horas comenzamos a dar nuestras primeras pedaladas. Es que llevo dos días donde bajar el Melchsee Frutt y Axalp fue un infierno, casi peor que subirlos.
“A todo esto, ¿el puerto qué tal es?” Silencio… Mmmm, ¡qué silencio más peligroso!
“A ver, déjame el mapa que quiero echar un vistazo”. Y ahí vi lo que vi: 900 m de desnivel. Bueno, es durillo; vamos a ver en cuántos kilómetros para echar un cálculo de la media aproximada del puerto. Miro…y veo que en ¡7 kilómetros! “Ángel, te has colado, ¿no?
“Puede ser”, es la respuesta diplomática de Ángel. Eso me gusta aún menos, porque ese “puede ser” suena a que “me da que no”. Si el mapa es correcto (y los mapas que suele llevar por estas zonas suelen ser de 1/25.000 –vamos, que los compra expresamente por Internet y a las mejores casas-), la cosa pinta fea. Entonces veo la que se me viene encima, ¡media del 12,8% durante esos 7 km! No puedo a estas alturas con eso.
El agua hace que comencemos la bajada: por este lado el puerto sí que es duro, un auténtico primera. Aprovecho para comer y beber algo. Afortunadamente cuando llegamos a Schwyz ha dejado de llover y parece que vamos a tener una tregua con el tiempo. No hay excusas, hay que intentarlo. Y ahora es cuando se produce el milagro: no sólo subo el puerto, sino que lo subo con mis dos compañeros y dándonos cera de la buena. Hace cinco meses tenía problemas en Ventas de Orio y hoy estoy aquí subiendo por una pared, porque el Haggenegg es eso, una pared, como colofón final de una durísima etapa.
Por eso, siempre que en la bicicleta voy justo o sufro más de la cuenta, me acuerdo de esta etapa. Resulta increíble ver cómo el entrenamiento poco a poco me transforma y hace que lo que en marzo es imposible, hoy sea una realidad. Esta etapa la he recorrido mentalmente muchísimas veces en estos últimos años, recordando cómo fui capaz de doblegar el precioso y durísimo Haggenegg sin ningún problema: sufriendo mucho, pero disfrutando más. Espero que vosotros también tengáis alguna etapa, un puerto o algún momento que os ayude a superar esos días donde no vas ni marcha atrás. Tener este recuerdo, rememorad estos parajes, estas sensaciones, este nivel… ayuda mucho; ya os puedo asegurar que sí.