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ENTRE EL LAGO Y LAS MONTAÑAS. SANABRIA (ZAMORA)

Por APM. Colabora: Enrique Domínguez

La ruta de hoy por las carreteras de Sanabria será diferente y tendrá un aire a las clásicas del Norte. Los puertos cortos, los pequeños pueblos anclados en el pasado, los bosques, el pavé, las carreteras estrechas que no vienen en el mapa y los innumerables repechos y cruces harán de la ruta de hoy una experiencia única y una aventura en la que me sentiré como un explorador. Será un viaje al pasado y al corazón de una tierra virgen, dominada por la naturaleza.

Comienzo a pedalear en El Puente de Sanabria y me dirijo a Trefacio a través de la larga recta que cada lunes bulle por la actividad del mercadillo que hace a este pueblo la capital comercial de la comarca. Podría haber elegido otro inicio más atractivo como Puebla o el Lago, pero a media ruta se pasa muy cerca de El Puente y puede venir bien poder desviarse para coger o dejar cosas en el coche.

Antes de salir de la localidad de inicio me detengo en el puente de piedra que da nombre a la población. Luego el sonido del agua me acompaña hasta el cruce de San Justo, donde inicio el Alto de Coso (7,5 km al 3,2%). La estrecha carretera asciende culebreando bajo las sombras de un robledal, primero suavemente y tras el pueblo de Villarino, con cierta dureza. Al coronar un altillo los árboles se abren ofreciéndome un primer plano de la sierra. Cuando salgo de San Justo me toca esforzarme para superar la parte dura del puerto y llegar al Santuario de la Alcobilla, donde la parada para contemplar sus castaños centenarios es obligada. En septiembre se celebra aquí una romería a la que acuden todos los pueblos de la zona con sus imágenes y estandartes. Del santuario al puerto sólo queda un kilómetro exigente pero llevadero por las vistas de las montañas que veo al abrirse el paisaje.

En lo más alto observo una bajada pero me quedo clavado. Según el altímetro gano algún metro y al darme la vuelta subo sin pedalear. Por último, al sacar el botellín, apoyarlo y empujarlo: ¡sube solo! Pero no lo hace debido a ningún “campo magnético”, sino porque por un fenómeno óptico se ve una bajada donde realmente hay una subida. Aún sorprendido, afronto un descenso largo y tendido en el que primero podré saborear las vistas de San Ciprián, para después dejarme caer a través del fresco bosque que cubre el fondo del valle. Poco antes de llegar a Trefacio giro a la derecha por una pista hormigonada y callejeo por el pueblo. Si me hubiera perdido el desvío habría seguido  hasta el final de la carretera y luego girado a la derecha dirección Trefacio. Ya en el pueblo, cruzo por un bonito puente y me dirijo hacia el Lago a través del Alto de Trefacio (900 m al 6,6%). La ascensión remonta la ladera a base de curvas de vaguada escondidas entre los robles y su bajada es casi más exigente por los repechos de Pedrazales, un pueblo famoso por su arquitectura tradicional.

En la carretera del Lago giro a la derecha, afrontando una pequeña subida que me deja en el desvío a Peces, donde comienzo el tendido ascenso a través de los robles al pueblo de San Martín (5,6 km al 4,8%). Poco a poco gano altura y tras superar una  herradura comienza el festival de panorámicas del Lago que tendré hasta el pueblo, donde descanso en el monasterio, hoy reconvertido en un centro turístico. Respiro para la que se avecina: un viraje a la derecha me sitúa frente a unos terribles 400 metros al 10%, con picos al 16%. Por suerte pronto llego a la carretera y decido bajar: lo que queda hasta la Laguna de los Peces lo dejo para otro día, prefiero ir al Mirador de Neveira a disfrutar de una panorámica única. El descenso desde Neveira es muy agradable, me dejo caer a la vez que saboreo las vistas, el olor, la brisa… Al llegar a la carretera me apetece contemplar otros ángulos del Lago y decido llanear rodeándolo tranquilamente hasta la Playa de Viquiella. Mientras ruedo recuerdo la leyenda que narra su origen: la riada con la que un viejo peregrino castiga a un pueblo por su falta de caridad. Por desgracia la leyenda se hizo realidad cuando la presa de Vega de Tera se rompió en 1959, sepultando trágicamente el pueblo de Ribadelago en el Lago.

En la playa me doy la vuelta y me dirijo a Puebla. Pasado Galende afronto una pequeña y revirada tachuela, el Alto de Cubelo (1 km al 4%). Tras coronarla cojo el primer desvío asfaltado a la derecha y afronto una sucesión de carreteras estrechísimas, perdidas en el bosque, que me encantan. Voy descendiendo girando a la derecha en todos los cruces, hasta llegar a una carretera señalizada que me lleva a Sotillo a través de una placentera sucesión de prados y bosques. La carretera pica suavemente hacia arriba, hasta que pasado el cruce de Sotillo una corta ascensión me deja en la plaza principal. Sotillo es conocido tanto por su arquitectura como por su espectacular cascada, a la que puede llegarse, aunque con dificultad, con una bici de montaña. En la plaza giro a la izquierda y desciendo por calles angostas hasta el cruce, donde me dirijo a Barrio. Al llegar a San Román paro en el imponente castaño centenario, el más grande de la comarca. Lástima que los años no pasen en balde y se esté secando…

En el Alto de San Román (1,9 km al 3,6%) voy mejor de lo esperado y en vez de descender directo a Puebla me dirijo a Santa Colomba, pasando antes por Cobreros. En la plaza de Santa Colomba sigo recto por una calle que no parece llevar a ningún lado. Sin embargo, desemboca en una tranquila carretera (tanto que no sale en los mapas) que atraviesa el bosque hasta llegar a San Martín del Terroso, donde callejeo, siempre descendiendo, hasta salir del pueblo. Al llegar a la nacional la cruzo y desciendo hasta el río Castro por una carretera estrecha. Tras cruzarlo me interno en un bosquecillo que esconde el inicio de la subida a Pedralba y al Alto del Centinela. Pedralba en su día fue un punto de partida de los contrabandistas, tal y como nos lo recuerdan las rutas señalizadas que parten desde la parte baja del pueblo. En el pueblo descanso antes de afrontar la parte final del Alto del Centinela (2,4 km al 5,3%), una ascensión dura pero amena por las curvas y por el paisaje. El abierto y tendido descenso acaba en Puebla de Sanabria, donde me atrevo con la calle que sube en línea recta al castillo. Los 200 m al 15% con puntas al 19% me hacen retorcerme sobre la bici. Por suerte el Ayuntamiento, el Castillo y la iglesia del Azogue compensarán el calentón.

Desciendo por las herraduras que se esconden al otro lado del castillo y me dirijo al puente principal del pueblo, que cruzo. Aquí tengo dos opciones: dar un rodeo por carreteras más bonitas y tranquilas o atajar hasta El Puente por la carretera del Lago. Opto por lo primero y me incorporo a la N-525 dirección Zamora, para enseguida abandonarla al girar a la izquierda poco antes de llegar al desvío a la autovía, enfilando una corta rampa que me permite coronar un altillo. El premio ganado en esta escalada es otro ángulo diferente de las montañas, con San Juan de la Cuesta en un primer plano.

Un corto descenso entre matorrales me lleva a Triufé, desde donde me dirijo hacia El Puente. Ya sólo resta coronar el Alto de la Llomba, otra atalaya privilegiada de la sierra, y dejarse caer hasta el punto de partida a través del pueblo de Sampil. El tramo final, ya en la carretera del Lago, desprende tristeza y morriña. Siempre me han llamado la atención los líquenes que ahogan a los robles de esta ladera… hoy parecen simbolizar la pesadez que la sucesión de cuestas ha ido dejando en mis piernas. Pero al igual que los líquenes no impiden a los robles el brotar cada primavera, el cansancio no me impedirá el hacer mañana otra ruta similar por la zona. Hoy he renunciado coronar los puertos clásicos de Sanabria – Peces, Peñón, San Juan, Calabor… - por hacer algo diferente, por encontrar la esencia de esta tierra olvidada recorriéndola en todas las direcciones, buscando mirar en las distintas caras ocultas de este prisma formado por el agua, los robles, el granito, la tradición, el arte, la historia y la leyenda.


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